Dos carboneros del monte Tejea, Felipe Talledo y Servando Azkunaga, relatan su experiencia en la elaboración de hoyas para obtener carbón vegetal, una actividad extremadamente fatigosa y mal remunerada que ocupó a muchas familias del entorno hasta el estallido de la Guerra Civil

FELIPE TALLEDO. Nació en Karrantza el 13 de noviembre de 1928. Su padre trabajó como carbonero y acostumbraba a permanecer en el monte acompañado por el resto de la familia para que ésta le ayudara en las diferentes tareas de elaboración de una hoya. Por ello, Felipe aprendió desde muy joven los secretos para hacer un buen carbón vegetal.

SERVANDO AZKUNAGA. Nacido en Artzentales el 17 de febrero de 1916 y residente la mayor parte de su vida en Górgolas, el barrio que mejores carboneros ha dado al monte Tejea. Se introdujo en el mundo del carboneo con 14 años.

VALLE DE VILLAVERDE. Hoy en día, Felipe Talledo -“Lipe”, como es conocido entre sus vecinos- es posiblemente el villaverdano que mayores conocimientos atesora sobre las hoyas. La experiencia que adquirió en el monte mientras ayudaba a su padre, cuando aún no levantaba un palmo del suelo, se conserva en su memoria con una frescura inexplicable y le permite describir minuciosamente cada paso del proceso de preparación y cocción de una hoya de carbón vegetal.

“Lipe” es un auténtico carbonero, un mago del fuego que conoce los secretos de este elemento como si lo hubiera recibido de manos del mismísimo Prometeo.

Talledo sabe perfectamente qué madera hay que cortar, cómo hay que apilarla para que no se venga abajo y cómo recubrirla con un manto espeso de helechos y ceniza. Pero sobre todo, “Lipe” domina la llama en el interior de la carbonera -donde puede llegar a alcanzar hasta 800 grados centígrados- convirtiendo la leña en carbón sin que ésta llegue a incinerarse.

Todos sus conocimientos fueron adquiridos durante el apogeo carbonero anterior a la Guerra Civil, una época en la que la economía de docenas de familias villaverdanas dependía del humo que saliera del monte Tejea.

“En aquella época -relata “Lipe”- se hacía una subasta anual de monte público y el contratista que más pujaba conseguía su aprovechamiento maderero para hacer carbón vegetal o traviesas de ferrocarril”.

Elosua fue uno de esos empresarios que mayor número de veces pujó por el terreno y llegó a asalariar hasta un centenar de personas para una parcela de 30 hectáreas. “Él y Mendiritxaga fueron los empresarios que más trabajo dieron en el pueblo”, añade “Lipe”.

El primero ofrecía empleo en el monte o en la cantería, mientras que el segundo tuvo una agencia de caballos para el transporte de personas en los pueblos donde no había línea de tren. Quienes no trabajaban para ninguno de estos dos administradores se dedicaban a la agricultura o a la minería.

400 TONELADAS
El trabajo en el carboneo se convirtió hasta la Guerra Civil en un medio de subsistencia importante, tanto en Villaverde como en Karrantza o el Valle de Mena, donde se hacían muchas más hoyas y se extraía un excelente carbón como consecuencia de la dureza de la leña de los montes de Ordunte.

“Tejea es más sombriego y hay más mezcla de árboles”, dice “Lipe”, que recuerda que cada contratista obtenía una media de 400 toneladas de carbón a partir de 1.000 toneladas de leña.

Después del parón obligado de la contienda, las hoyas regresaron al monte Tejea, pero solo de puntillas, porque nunca llegaron a alcanzar la cantidad de antaño.

Finalmente, en los años 50, las ordenanzas de aprovechamiento forestal eliminaron la subasta de montes y, por consiguiente, condenaron mortalmente la histórica tradición carbonera del monte Tejea.

EL TRABAJO DEL CARBONERO
La campaña carbonera se iniciaba en el mes de enero con el corte de leña. “Primero se marcaban los robles más bonitos de la zona subastada para que fueran respetados, mientras que el resto era sometido a una poda selectiva de las ramas que permitía que el árbol pudiera recuperarse fácilmente”, apunta “Lipe”.

Mientras la madera cortada reposaba al menos durante un mes, los carboneros hacían o rehacían el torco, un círculo de 3 ó 4 metros de diámetro sobre el que se levantaba la carbonera y que se emplazaba en lugares estratégicos atendiendo a la calidad de la tierra, las corrientes de agua, los vientos y su visibilidad desde diversos puntos del monte.

En el mes de abril, la madera se transportaba en burros hasta el lugar de construcción de la hoya y comenzaba a apilarse en forma de cono tomando como base el torco. Cuando la leña estaba apilada, el ingenio podía alcanzar hasta 4 metros de altura y se cubría con helechos frescos, hierba, tierra y ceniza que hacía que la hoya funcionara como un horno cociendo la madera en lugar de calcinarla.

Servando Azkunaga tuvo su primer contacto con el mundo del carboneo con tan solo 14 años. Por aquel entonces hacía las veces de ayudante de su padre transportando carbón con burros, pero tan solo tres años después ya se quedaba en el monte durante semanas controlando la cocción de 3 ó 4 hoyas simultáneamente.

Durante ese tiempo, Azkunaga, como muchos otros compañeros, vivía en una choza construida rudimentariamente cerca de la pila a base de palos, helechos y terrones. En ella dormía, en ella se refugiaba de la lluvia y en ella se alimentaba a base de alubias, tocino y patatas.

FUEGO EN ORDUNTE
Servando vigiló hileras de hoyas en el monte Tejea, pero la necesidad también le desplazó a laborear hasta Burceña, en Mena, donde en una ocasión el viento hizo que una hoya incendiara los montes de Ordunte. En aquel suceso estaba acompañado por Agustín Ulanga, uno de los carboneros más experimentados y natural del barrio de Górgolas, en Artzentales. “Se quemó toda la leña que estaba preparada para otras pilas”, lamenta Servando.

La temporada carbonera terminaba a mediados de septiembre, “porque de ahí en adelante las nieblas hacían que la hoya se resfriara”, explica Azkunaga. Para entonces, el asalariado debía haber ahogado el fuego interno taponando los agujeros laterales. Entonces, esparcía la pila dejando salir el carbón que luego se metía en sacos.

Pasado 1939, el carboneo inició su extinción y Servando, como otros, aparcó la esclavitud de aquel trabajo para entregarse a otras labores no mucho más gratas, como el campo o la mina, pero impuestas por las necesidades de la posguerra.

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